En Villa Real se produjo un acontecimiento que cambiaría la suerte de España: la muerte en 1.275 del primogénito de Alfonso X el Sabio, don Fernando de la Cerda, casado con Doña Blanca, hija de San Luis, rey de Francia. Juan II en 1.420 elevaría al rango de ciudad, una población que contaba con más de un centenar de torres y ocho puertas, de las cuales el implacable paso del tiempo, y la equivocada mano del hombre, han dejado escasísima muestra.

        Fue Ciudad Real sede de la Santa Inquisición, y de la Santa Hermandad, aquella tan temida por nuestro buen Sancho Panza, que vestía de verde, con ballestas o escopetas, y media vara teñida de verde en la mano, en señal de autoridad. Eran los "cuadrilleros" de media vara, frente a los de superior rango, que portaban "vara alta". La de Ciudad Real, que se reunía en el antiguo convento de San Francisco, se fundó en 1.300, aunque ya por parte de Don Gil y sus hijos Pascual Ballesteros y Miguel Turra, (éste último, hoy nombre de la importante población próxima a la capital), se había puesto en marcha una organización refrendada por Fernando III en 1.243, cuando vino a entrevistarse con su madre en Ciudad Real. En 1.302 sellaría la unión con las de Toledo y Talavera.

        Y en Ciudad Real vino al mundo en 1.451 Hernán Pérez del Pulgar, el de las "Hazañas", aguerrido soldado de los Reyes Católicos, y autor de una notable Crónica de la época. También en Ciudad Real, y en 1.494 fundan Isabel y Fernando la Real Chancillería, aunque poco después se trasladará a Granada.

        Es sin embargo en el siglo XVI, cuando la ciudad alcanza su mayores cotas de esplendor a causa del comercio. Sus reputados paños y sus esmerados curtidos atraían a numerosos mercaderes, y sus justamente afamados vinos, llegaron a contentar a los paladares más exigentes. Numerosos capítulos de El Quijote así lo acreditan, gracias al conocimiento que de ellos tenía Miguel de Cervantes. En 1.691 llega a ser capital de La Mancha, pero sería en 1.833, cuando Ciudad Real queda constituida como capital de provincia. No podía ser otro el destino de una población situada en una encrucijada de caminos, que le ha hecho ser testigo de más de un trajín de nobles, santos y truhanes, que también los hubo.

        En cambio, la Historia de Ciudad Real en la Edad Moderna, ha dicho el profesor Espadas Burgos, "es la historia de un aislamiento". También "de las Comunidades, a la entrada de los franceses, tenemos pocos acontecimientos", han escrito López-Salazar y Carretero. Y aún después, afirmamos nosotros. Así llega Ciudad Real con poquísimas penas, pero no con mayores glorias, hasta la Edad Contemporánea. Bien pocos acontecimientos turban el cotidiano vivir de sus habitantes, como no sea la llegada del ferrocarril en 1.861 -131 años antes que el AVE-, o la sublevación del desaparecido Cuartel de Artillería de 1.929. Porque, ¿para qué hablar de la decena de años posteriores, que también aquí arrojaron muerte y destrucción?.

        La capital, de todas formas, no ha tenido más remedio que sumarse a las glorias de sus pueblos y sus hijos más preclaros, que entre caballeros, santos y artistas, completan una larga nómina. Sirvan como muestra el general Espartero, el cardenal Monescillo, el obispo y poeta Bernardo de Balbuena, el conquistador Diego de Almagro..., que escalaron altas cotas. O Santo Tomás de Villanueva, San Juan de Ávila y San Juan Bautista de la Concepción que, puestos a subir, llegaron hasta los altares.

 

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